Desde que la perra de Odamae y yo vivimos juntas estoy asistiendo al descubrimiento de un nuevo mundo para mi: el postizo. Odamae es como la Sra. Potato , todo en ella es de quita y pon. Cuando por las mañanas voy a llevarle el desayuno a la cama – me tiene sometida la muy furcia – me encuentro con una persona totalmente nueva para mí. Es otra. Sólo tiene cuatro pelos mal puestos, pues utiliza extensiones y postizos varios, al más puro estilo Marujita Díaz. Sus ojos son pequeños y minúsculos, pues antes de dormir se quita las pestañas postizas. No tiene dientes, pues toda su dentadura es postiza, y por las noches la deja sobre la mesilla en un vaso lleno de whisky para empezar el día con un buen tono porque mi hermana mayor sin alcohol no es nadie, le faltan las habilidades sociales necesarias para entablar una conversación mínimamente decente. Es tan cateta la pobre… Por las mañanas también está desmaquillada, con todo lo que ello implica. Yo me he tenido que medicar para superar el panorama que me encuentro cada mañana en su habitación. Para dormir se coloca una venda que va desde la papada a la coronilla para evitar el imparable desprendimiento de su piel. Ni el botox ni el colágeno son ya una solución para ella.
La habitación de Odamae es como la habitación de un puticlub barato. En el techo, justo encima de su cama redonda, hay un gran espejo. A Odamae le encanta observarse mientras entrega su viejo cuerpo por cuatro perras y jadea como una gata en celo. La habitación está enteramente enmoquetada de color rojo salpicado por alguna mancha de origen biológico. Dos grandes cortinones de terciopelo, también rojo, impiden la entrada de cualquier luz en el interior y evitan que, una vez más, el vecindario la denuncie por escándalo público.
En la habitación de Odamae, repleta de figuras ridículas de Lladró y baratijas de china 100, hay un gran armario en el que se encuentra la colección más patética de puti-saldos que haya visto en mi vida. La verdad es que no sé en dónde consigue tremendos atentados contra el buen gusto. Los armarios de la Veneno y Carmen de Mairena al lado del de Odamae esconden las colecciones de Valentino y Chanel para la próxima temporada. Qué horror!!
Al lado de la cama de Odamae hay una mesilla que bajo llave contiene todos los juguetes sexuales que una se pueda imaginar en su momento más ninfómano. Correas, esposas, consoladores de tamaños descomunales, fustas, látigos… cualquier aberración es normal para Odamae.
Bajo una lámpara con flecos rojos está la caja registradora. Por supuesto, también admite tarjetas de crédito.
Desde que he venido a vivir aquí, la zorra de Odamae me tiene esclavizada. Me ha obligado a trabajar en la recepción de su casa – sí, Odamae tiene recepción – recibiendo a sus clientes. Además me obliga a limpiar todo y cocinar para ella. Me tiene alojada en una habitación de 2 metros cuadrados en donde antes guardaba los trastos que ya no utilizaba. Convivo con postizos, zapatos sin tacón, rellenos para los sujetadores, guatas, joyas de plástico … todo tipo de calamidades.
La muy pedorra ha conseguido hacerse amante del director del banco en el que tengo todas mis cuentas, y a base de arrumacos y mamadas lo ha convencido para bloquearme todo, dejándome como única opción trasladarme a esta pocilga. Como no me deja utilizar el teléfono y me ha requisado el móvil, no he podido llamar a nadie, ni a un triste programa de TV que venga a conocer mi caso o a “hablar por hablar” para comentarles lo que estoy viviendo. Pero lo peor no es eso, lo peor es que me está chantajeando y no puedo hacer nada al respecto, sólo aguantar hasta que se me ocurra algo. La muy zorra se ha enterado de un capítulo de mi vida que tiene que permanecer en total secreto. Pero no os preocupeis, ya se me está ocurriendo la forma de salir de aquí y por la puerta grande. Es tan estúpida que no ha caído en le cuenta de que ha metido al enemigo en su propia casa.
La venganza será digna de portada de todos los periódicos, lo juro.
Es palabra de Kika.