Aquí estamos de nuevo después de este veranito tan calentito que hemos tenido. Y digo calentito porque lo ha sido en todos los aspectos, tanto desde el punto de vista de la temperatura ambiente como corporal. Me explico:

Como todos sabéis, Kika y Odamae aceptaron ingresar conmigo en una clínica para hacernos una cura de nervios. Los meses de desenfreno y de enfrentamientos entre nosotras nos pasó factura a las tres y necesitábamos un largo descanso. Así que nos fuimos a una clínica pero solo para mujeres. Los hombres son una tentación demasiado peligrosa para mis dos hermanas y Kika todavía no había conseguido desencajar la mandíbula tras pasar unos días de sexo, drogas y rock and roll con aquel maromo del miembro mutante.

Los primeros días fueron tranquilos, pero mis hermanas empezaron a sentir una especie de síndrome de abstinencia ante la falta de sexo en sus vidas. Puesto que estábamos recluidas en un centro exclusivo para mujeres y no había hombres en 30 kilómetros a la redonda, Kika y Odamae se dejaron seducir por los placeres gastronómicos, ingiriendo grandes cantidades de comida. A esto se añadió su negativa a seguir tomando la medicación prescrita y no podéis ni imaginaros la cantidad de artimañas que llevaron a cabo para no tomarse las píldoras o evitar los pinchazos: desde guardarse las pastillas debajo de la lengua para luego escupirlas, o provocarse el vómito en cuanto las tomaban, a fingir un ataque esquizoide al ver la aguja gritando que la jeringuilla era lo más parecido a un pene que habían visto en meses. Así que, para no enturbiar el tratamiento, las doctoras decidieron prescindir de la vía intravenosa y prescribir la medicación por vía oral. Pronto se dieron cuenta de que las pastillas no eran ingeridas o acababan en la taza del wc, por lo que optaron por la vía rectal y los supositorios se convirtieron en una especie de bendición para mis hermanas. Aguardaban aquel momento como agua de mayo, pues era lo más parecido a experimentar una relación sexual.

Los días fueron pasando y las comilonas que se habían pegado mis hermanas empezaron a dar sus frutos. En los últimos días llegaron a necesitar la ayuda de dos enfermeras cada una para poder levantarse de sus camas. A mi me estaba dando vergüenza ajena contemplar aquel espectáculo: ni en una clínica eran capaces de comportarse y de sacarle provecho a un tratamiento para mejorar nuestra salud mental. Sus excesos también me afectaban a mi, que me pasaba el día frenética e histérica intentando que entrasen en razón. Pero no había manera: si no tenían sexo necesitaban suplirlo con comida y todo tenía, para estas dos salidas, aspecto fálico. La dirección de la clínica decidió expulsarnos pues las demás pacientes empezaron a imitar a mis hermanas y la reputación del centro estaba quedando por los suelos. Pedí una prórroga de una semana pensando que conseguiría arreglar aquel desaguisado, pero el remedio fue peor que la enfermedad y el centro tuvo que cerrar por quiebra: a los impagos de los pacientes se sumaron las deudas a los mayoristas de alimentación, que no daban abasto para satisfacer la gula de estas pecadoras.

A continuación os muestro un vídeo en el que podéis contemplar a una de mis hermanas (no os digo cuál porque la otra está igual) haciendo aeróbic en la habitación de la clínica. No quiero ni contaros la odisea que tuvimos que pasar para que mis hermanas y las pacientes que llegaron a este peso pudieran salir de allí...