SOY YO LA QUE SIGUE AQUÍ

Mi primer matrimonio sólo tuvo una cosa positiva: la casa en la que ahora vivo.

Después de un año de pleitear y pleitear por los tribunales contra mi ex logré que en última instancia la justicia me diera la razón y P (mi ex) tuviera que darme la casa.

Nuestra historia de amor comenzó como una película de amor y terminó como una película de sobremesa en antena 3 titulada “Mortales Sospechas”. Después de años de noviazgo nuestra boda se celebró por todo lo alto en la catedral de la ciudad. Yo fui vestida por Caprille y dejé impresionados a los más de 500 invitados. Mi ex pertenecía a una buena familia. Era un empresario próspero y ambicioso heredero de un gran emporio familiar. Aunque fueron muchos los rumores por aquel entonces, yo en él no vi el dinero, solamente estaba enamorada y, para eso, no hay cura.

Todo empezó a ir mal cuando las sospechas sobre sus supuestas infidelidades empezaron a tomar forma. Un día encontré en su despacho unas braguitas rojas de muy mal gusto en el primer cajón de su escritorio. La respuesta que me dio fue patética: “las compré para ti, ya sabes como me gusta la lencería, así que no me pude resistir a abrir el paquete y hacerme una paja esta misma mañana imaginándote con ellas puestas”. Hace falta tener mucho valor para responder una cosa así. Y él lo tenía, vaya si lo tenía.

Esta bochornosa anécdota fue olvidada con un viaje por las islas griegas en donde yo me resarcí con un chulazo griego practicando el idem.

En otra ocasión encontré carmín en su camisa blanca de Hugo Boss. Aquí, queridas amigas, es necesario sacar a relucir una nueva clasificación de los hombres:

a.) Aquellos hombres que son tan patosos que permiten manchar sus camisas con el carmín de sus amantes.
b.) Aquellos hombres que se molestan lo mínimo en llegar a casa limpios y sin ninguna mancha sospechosa.

Mi ex marido era de los primeros y es que el dinero no da la inteligencia. Ante aquel flagrante descuido me respondió otra estupidez: “querida, es carmín de mi madre; hoy se encontraba francamente mal por sus jaquecas y estuvo llorando en mi hombro desconsoladamente”.

Esta vez me resarcí gastándome más de 6.000 euros en joyas y trapitos en una sola tarde.

La definitiva, la ocasión en la que ya no hubo ninguna duda, fue cuando lo pillé in fraganti con una jovencita que podría ser su hija. Estaba de viaje con unas amigas en Roma y tuvimos que adelantar el regreso por la muerte de la madre de una de ellas. Cuando llegué a casa oía jadeos procedentes de mi habitación y aunque en un primer momento la cabeza se me fue a la patológica afición de mi marido por el onanismo, pronto me di cuenta que estaba equivocada. Cuando abrí la puerta de la habitación mi ex estaba practicándole un cunilingus a una joven azafata de una compañía de bajo coste que al parecer compartía con un amigo. Levantó la cabeza y con la boca empapada me dijo: “Cariño, no es lo que parece”.
Lo peor de todo no fue el engaño, lo peor de todo es que a mi nunca me hacía sexo oral.

A mi primer ex marido le dedico, con todo mi odio “SOY YO” de Marta Sánchez porque ahora que él ya está mayor, sin pelo, gordo, feo….yo sigo aquí, intacta, guapísima, con su casa….

Mírame bien (…) soy esa mujer que no podrás tener…