El morbo permanece latente en cada uno de nosotros hasta que se le despierta. A mi me lo despertó un auténtico desconocido que cuando dejó de serlo se encargó muy mucho de que el morbo que guardaba agazapado en mis entrañas se fuera una larga temporada.

A este ex lo llamaremos “mister X” por ser inicialmente desconocido y porque nuestra relación fue eso, “X”.

Una noche de noviembre paseaba a mi perra Lassy por un parque cuando entre unos árboles me pareció ver la luz de un cigarrillo y una sombra que se escondía tras el tronco de un roble. Continué caminando cuando volví a ver lo mismo, pero esta vez escuchaba además unos pequeños jadeos y un movimiento acompasado. Presa del morbo, me quedé observando detenidamente cuando de pronto un hombre salió de las sombras y comenzó a observarme mientras con una mano fumaba y con la otra manipulaba lo que no es necesario decir. En aquel momento algo inexplicable, sin nombre, algo hipnótico, me hizo acercarme temblorosa y, sin mediar palabra, ponerme de rodillas y hacerle una felación a aquel hombre misterioso.

Cuando terminé me invitó a un cigarrillo y me dijo: Me llamo X y este – dándome una tarjeta – es mi teléfono, llámame cuando quieras. Y con la misma, desapareció entre las sombras.

Durante unos días me despertaba por las noches oyendo aquella voz tan varonil y misteriosa, sudorosa y, al mismo tiempo, deseosa de volverlo a ver. Así que una tarde me armé de valor y lo llamé.

- Hola,- contestó una voz seca, casi amenazadora.
- Hola,- respondí yo timidamente
- Quién es?
- Soy la mujer del parque, la de la otra noche, te acuerdas?
- Si, perfectamente. Nos vemos dentro de 2 horas en los baños de caballeros de la quinta planta del Corte Inglés de la calle …… Hasta luego.

Y colgó.

He de confesar que dudé bastante sobre acudir o no a aquella cita pero el morbo me llevó de nuevo a su encuentro.

No es necesario relatar aquí lo que en aquellos baños ocurrió, os lo podéis imaginar. El caso es que aquello se convirtió en habitual. Yo lo llamaba por teléfono y el me citaba en cualquier sitio público: un cine, un parque, una iglesia, un supermercado, el metro, un bar, un aparcamiento…. En nuestras relaciones, las primeras semanas, apenas cruzábamos palabra, simplemente nos dedicábamos a practicar sexo, aunque poco a poco me iba solicitando a modo de ruego pequeñas cosas que, en aquellos momentos, consideraba triviales.

A los pocos meses se había instalado en mi casa. Poco a poco fui cambiando por él. Cambié de gustos, de aficiones, de forma de vestir…sin darme cuenta aquel hombre me estaba “domesticando”, haciéndome tal y como él quería. Cada día era una prueba distinta que me ponía, más humillante y vejatoria que la anterior, corrompiéndome, embruteciéndome… pero sin que yo fuera capaz de evitarlo, de decir que no. Todo lo que cambié por él tuve que “descambiarlo” cuando me dejó, porque lo triste fue eso, que fue él quien me dejó, reprochándome que había cambiado.

Después de su abandono bajé a los infiernos a encontrarme conmigo misma y guardar mi morbo en una caja fuerte.

A Mr. X le dedico con todo mi odio, “lo que cambié por ti” de Massiel.