Hoy es un día que los supersticiosos no soportan: es el día del todo me sale mal, martes y 13 ni te cases ni te embarques, qué mala suerte tengo y que perra gorda me ha caído durante todo el día. A nosotras ni nos va ni nos viene esto del martes 13 para unos y viernes 13 para otros. Tanto es así que hoy nos hemos ido a un casting para televisión con nuestras mejores galas.

Hemos salido un poco tarde de casa porque Odamae se entretuvo demasiado con el secador: no lo puede evitar, vive pegada a ese aparato, es casi como un apéndice de su cuerpo. Los tiene de todos los tamaños, con todo tipo de accesorios y no hay modelo que se le resista: es la reina de la laca y el secador. Kika también tuvo algo que ver en nuestro retraso puesto que estuvo en el baño más de una hora: se depiló, por fin después de dos meses, las cejas, las piernas, el sobaco e incluso sus partes íntimas, se pintó las uñas de los pies, de las manos, se puso una buena capa de maquillaje para tapar sus imperfecciones y finalmente se sentó en la taza del wc para dejarnos el olor de su perfumada mierda a las que íbamos a entrar después en el baño para arreglarnos. Un frasco entero de Oust, uno entero para poder absorber aquel olor tan putrefacto y letal. Yo no necesité demasiado tiempo, pues no dejo crecer mi vello hasta que parezco espinete, y tampoco he de pasar por chapa y pintura cada vez que decido salir a la calle porque tengo una belleza innata que no requiere ni florituras ni adornos y mucho menos la ayuda de ninguna corporación de estética.

Cuando por fin conseguimos salir de casa, Kika pidió que la acompañásemos al supermercado a comprar unas tabletas de chocolate: dice que le calman los nervios pero yo creo que vuelve a tener episodios de bulimia porque no deja de comer chocolate y pizzas familiares con doble de queso, pimiento morrón, champiñones, pollo, ternera, salsa barbacoa, maíz, bacon y jamón york. Así que tuvimos que entrar en el supermercado para comprar el dichoso chocolate. Cuando estábamos en la cola de la caja y nos tocaba a nosotras, fuimos testigos de un robo en nuestras propias narices. El chico que estaba delante nuestra se abalanzó sobre la caja registradora, cuando el dependiente la abrió para cobrarle, y salió despavorido con un fajo de billetes en la mano. Intentamos pararle pero fue imposible, los tacones eran demasiado altos y no queríamos destrozarnos los pies, acabar con las medias rotas o partiéndonos una pierna: con lo arregladas que estábamos parecíamos los ángeles de Charlie pero es que ¡íbamos a un casting por el amor de Dios!. Eso sí, nos pusimos a disposición del dependiente para testificar si decidían denunciarle y Odamae le dio su número de teléfono para lo que necesitase: menuda perra. Kika, que nunca se queda atrás, también le dio el suyo y le susurró algo al oído. No sé lo que le habrá dicho pero me lo imagino porque la cara del joven se transformó en un tomate gigante. Por cosas como estas nos llaman zorras por la calle y ¡yo no tengo la culpa de que mis hermanas estén más calientes que el palo de un churrero!.

Abandonamos el supermercado y nos dispusimos a coger un taxi. Mientras íbamos caminando por la acera nos topamos de frente con un hombre de unos 40 años, alto, corpulento que sostenía algo con su mano derecha: ¡era su pene! Dios, no daba crédito, no podía creerlo: ¡estaba orinando a la vez que caminaba hacia nosotras!. En ese momento Odamae empezó a chillar como una loca y a decir que no estaba preparada para una lluvia dorada, que ella era muy liberal pero una lluvia dorada y en plena calle ¡bajo ningún concepto!. Cruzamos la calle como pudimos para no vernos salpicadas por semejante sin vergüenza callejero. Con el corazón en un puño, pues a punto estuvimos de llegar al casting oliendo a meada urbana, nos subimos en el taxi: ojalá hubiéramos subido al autobús urbano porque el viaje que nos dio el taxista nos desquició los nervios a mi hermana mayor y a mi: ¿cómo puede alguien escuchar la COPE por la mañana? Odamae y yo fuimos todo el camino conteniendo el vómito mientras Kika ligaba con el taxista. En un momento determinado del trayecto, cuando la conversación entre ellos empezaba a animarse, el conductor detuvo el coche para que nuestra hermana se pasase al asiento delantero. ¡Qué atrevimiento, qué desfachatez, será zorra! Esa perra en celo no dejó de mostrar su poderoso escote, de tocarle la pierna al taxista y de reírle todas las gracietas que le decía mientras babeaba con nuestra hermana a su lado. A punto estuvimos de salirnos de la carretera en unas cuantas ocasiones con tanto despiste provocado por nuestra putísima hermana. Cuando por fin llegamos a nuestro destino Kika le dio otra tarjeta con su número: menuda golfa, el segundo de la mañana y seguirá sumando la muy salida. No creo que la llame: yo estaba tan histérica después del viajecito que di un portazo tan grande que casi se queda sin puerta.

Después de todos estosincidentes, por fin habíamos llegado al casting: nos pusieron a cada una al lado de un bombo del que salían unas bolas y nuestro trabajo consistía simplemente en decir qué número tenía la bola que expulsaba nuestro bombo. A mi me pusieron de primera, a Kika de segunda y a Odamae de tercera, aunque lo lógico habría sido poner a Kika de primera, luego a mi y finalmente a la más vieja de las tres. Pero quisieron hacerlo así y nosotras, que somos muy zorras pero muy respetuosas, lo aceptamos sin rechistar. Lo que sucedió después... Mejor lo veis con vuestros propios ojos. Besos enzorrados.