Querid@s lector@s:
Puesto que mi hermana pequeña Kika Paige ha decidido enterrar el hacha de guerra y que Odamae Phoebe ha aceptado su ofrecimiento, no puedo decir otra cosa que yo, Tangi Piper, también tiendo mi mano en estos tiempos de paz y no solo entierro el hacha sino que ofrezco la pipa llena hasta arriba de hierbas maravillosas para que vivamos siempre felices y comamos perdices.

Pero antes de la gran fumada quiero desprenderme de todos mis malos sentimientos, al igual que hicieron las zorras de mis hermanas, y contar unas cosillas, sin rencores, sin faltar a la verdad, poniendo las cartas sobre la mesa porque aquí o follamos todas o tiramos al chulo al río. Así es, lector@s y amig@s de las enzorradas: Tangi Piper va a contaros unas cuantas verdades antes de enterrar el cuchillo del carnicero y fumar la pipa de la risa. Porque si ella puede hablar yo también, y Dios sabe que tengo la boca grande y que cuando me tiran de la lengua no es precisamente para pegar sellos sino para contar lo que va en las cartas:

Hubo una época, cuando mi hermana Odamae y yo éramos pequeñas, en que nuestra madre comía compulsivamente y en cantidades industriales: todo lo que encontraba a su paso se lo metía en la boca, casi sin masticar. Mi padre empezó a preocuparse al darse cuenta de que mi madre se estaba convirtiendo en una máquina de comer y que, curiosamente, no solo no defecaba en la misma cantidad todo lo que ingería, sino que estaba perdiendo peso. Ante semejante panorama papá decidió llevarla al médico y, oh qué sorpresa, el doctor le dio la noticia cual Isabel Gemio: "querida, estás embarazada". Bien es cierto que mis padres no querían tener más hijos, pues ya habían logrado su objetivo: tener una hija más responsable, guapa, educada y civilizada que mi hermana Odamae (que ya apuntaba maneras de zorra desde su más tierna infancia). Así que mi madre tomó todas las precauciones que tenía a su alcance, pero por lo que parece no fueron suficientes. Quizás tuviese algo que ver el que fornicasen como conejos pensando que ya no había peligro de fecundación, pero ahí estaban los espermatozoides de papá y los óvulos de mamá para demostrar que la naturaleza es a veces imparable e impredecible.

Asimilada la noticia, mi madre seguía comiendo: tal era su voracidad que recuerdo que mi padre acabó comprando varias reses porque le salía más barato criar corderos, cerdos y terneros que ir a la carnicería día sí y día también. A pesar de las grandes ingestas de alimento, mi madre no engordaba un solo gramo, más bien todo lo contrario: adelgazaba cada vez más. Ante semejante fenónemo inexplicable digno de un programa de Iker Jiménez, mis padres regresaron a la consulta del doctor y éste les reveló una incómoda y preocupante verdad: el bebé era el culpable de su voracidad insaciable y todo indicaba que no tenía suficiente con todo lo que recibía, sino que quería más y más, de ahí la pérdida de peso de mami. Por primera vez en la historia de la ciencia, la madre no comía por dos sino que ¡¡era el bebé quién comía por dos y estaba dejando a nuestra madre en los huesos!!. La conclusión era clara: o se adelantaba el parto o el bebé acabaría con nuestra progenitora. La decisión no fue difícil de tomar si tenemos en cuenta que nuestra hermana, con todo lo que estaba ingiriendo, pesaba ya 4 kilos con 6 meses de vida en el útero materno. Así que los médicos provocaron el parto y Kika vino al mundo a los seis meses de ser concebida, rolliza como una vaca (alguna foto ha salido ya en este blog de Kika por aquellas fechas pero no recuerdo en qué capítulo).

Desde el mismo día de su concepción hasta hoy, Kika no ha parado de abrir la boca para introducir en ella todo tipo de alimentos o cuerpos cavernosos. Las dietas, las idas y venidas a la Buchinger o a corporación dermoestética eran el pan con el que vino debajo del brazo. No lo puede evitar: es ancha de hueso, enorme en su contorno, poderosa estomacalmente, flatulenta e insaciable. De ahí que su lengua se dedique a envenenarnos cuando no tiene nada que llevarse a la boca para calmarla. Pero nosotras la queremos igual, gorda, gordísima u obesísima: es nuestra hermana y aunque nuestros padres no habían ido a por ella, bienvenida fue.

Ahora sí podemos enterrar el hacha querida, fumarnos la pipa de la paz y a otra cosa mariposa. Besos enzorrados.