Capítulo 84: Entre fulanas anda el juego
Los dos últimos capítulos de mis hermanas me han trastornado del todo: no hay medicación que me tranquilice, psicólogo que me ayude ni terapia que pueda sacarme de este estado de ultra shock en el que me encuentro después de leer las infamias que han vertido contra mí. Hay que tener mucho valor y muy poca vergüenza para dedicarme semejante retahíla de improperios y no pretender que acabe ingresada en urgencias o en algún manicomio. Porque no me diréis que no es una locura todo lo que estas dos perras en celo dicen sobre mi. Llevo tiempo avisándolas y quien avisa no es traidora: Vagina Destroyer está furiosa y no seré yo quien ponga puertas al campo de la verdad.
Sí amigos y amigas, así es: yo, Vagi Destroyer, invoco mi furor uterino para sacar a la luz las miserias de estas dos fulanas, perras, zorras o como queráis llamarlas porque para el caso es lo mismo: son de lo peor y deberían encabezar la lista de esa encuesta que están realizando porque nadie, absolutamente nadie, les gana en lo que a inmundicia, vicio y maldad se refiere. Desde pequeñitas empezaron a tomar ejemplo de Ángela Chaning (Falcon Crest), Diana (“V”), Alexis Colby (Dinastía) o Amanda Woodward (Melrose Place). Mientras las demás jugábamos a las muñecas, ellas jugaban a los médicos y a las enfermeras, mientras las demás nos ocupábamos de nuestras tareas escolares, ellas se dedicaban a hacer el mal allá por donde iban: en el colegio las conocían como “las maléficas” y el profesor de religión les hizo más de un exorcismo en clase, harto de sus provocaciones y maldades, escandalizado por su descaro, asustado y temeroso de que el demonio se hubiese introducido en sus cuerpos. Y es que mis hermanas siempre han sido muy ateas, además de falsas, mentirosas y putones verbeneros. Se lo han tirado todo: en el pueblo no hay hombre que no haya pasado por su cama y eran conocidas como “las dos y punto” porque o te acostabas con las dos o te quedabas a dos velas. Eso sí, después venían los problemas porque Odamae, que siempre tuvo más experiencia, era la que más protagonismo tenía en el trío del día y la que agotaba la munición del cowboy de turno, dejando a Kika insatisfecha y más caliente que el palo de un churrero. Finalizada la faena, Odamae siempre entraba en una fase de apetito voraz que la llevaba a enfundarse el delantal y cocinar todo aquello que rememorase los mejores momentos que acababa de vivir: desde una buena bechamel para canelones, pasando por unos huevos fritos con chorizo, un sándwich de tres pisos o un buen calabacín al horno. Mientras esto era lo que solía suceder en la cocina, Kika se quedaba en la cama con el maromo de turno, intentando calentarlo para apagar los calores alcanzados en el momento en el que eran tres y no dos: ninguna de sus artes amatorias conseguían levantar la tienda de campaña de un boyscout asustado ante la incipiente papada, la cera en los oídos, la halitosis asfixiante, las tetas flácidas, la selvática y voraz vagina y el vello facial de mi hermana Kika. Porque, todo hay que decirlo, si la primera se opera hasta los labios mayores y menores de su entrepierna, la segunda pasa por chapa y pintura varias veces al día para que no asustar al más feo del pueblo. Así son mis hermanas, fulanas de día, zorras de tarde, putitas de noche. Ya lo decía mi tía Enjundia: “el día que se mueran, la pierna izquierda le dirá a la derecha: por fin juntas”.
Todo eso no lo cuentan, claro que no, como tampoco cuentan que sus excesos sexuales llegaban a oídos de nuestros padres, que yo era quien intercedía por ellas y que tanta defensa gratuita e injustificada acabó mermando mi equilibrio mental hasta acabar desarrollando una doble personalidad en la que Vagina, mi alter ego, reproduce todo aquello que siempre he rechazado de ellas: su furor uterino, su incontenible deseo carnal, su lengua viperina, su maldad infinita y su egocentrismo inagotable.


